• Ana Sancer

Historia del bambú japonés:

«Hace mucho, mucho tiempo, dos agricultores iban caminando por un mercado cuando se pararon ante el puesto de un vendedor de semillas al ver unas que nunca antes habían visto.

Uno de ellos preguntó: ¿qué tipo de semillas son éstas?

El mercader le respondió: son semillas de bambú, unas semillas muy especiales que vienen del lejano Oriente.

Ante la curiosidad, no pudo contenerse el agricultor y volvió a preguntar: ¿y por qué son tan especiales estas semillas?

El mercader le animó: si te las llevas y las plantas lo averiguarás, tan sólo necesitan abono y agua.

Finalmente, la curiosidad se impuso y los dos agricultores se llevaron las semillas de Bambú, las plantaron, regaron y abonaron siguiendo estrictamente las instrucciones del mercader.

Tras un tiempo, los resultados no eran los esperados, apenas crecían y uno de los agricultores se dirigió al otro: el mercader nos ha engañado, esto no crece, así que no seguiré regándolas ni abonándolas.

Pero el otro agricultor pensó que no tenían nada que perder, de manera que decidió hacerse cargo y seguir manteniendo las semillas.

El tiempo pasaba, los años pasaron y aquello seguía sin dar sus frutos. Pero siguió regando y abonando año tras año.

En el séptimo año, cuando el agricultor estaba ya a punto de tirar la toalla y dejar de cultivarlas, se sorprendió al encontrarse que el primer brote había asomado en la tierra.

¡En tan solo 6 semanas el bambú creció 20 metros!

Fue corriendo a contárselo al otro agricultor, quién le preguntó: ¿Ha tardado 6 semanas en crecer 20 metros?

El primero respondió: No, ha tardado 7 años.

Las últimas 6 semanas vimos su crecimiento, aunque en los últimos 7 años estuvo creando un fuerte y complejo sistema de raíces que sostuvo un crecimiento tan rápido posterior.»

La vida es como el bambú. Nuestras acciones no producen sus frutos de un día para otro. Nuestros sueños y metas necesitan de la suficiente dosis de paciencia y perseverancia como para cuidarlos día a día sin rendirnos, sin abandonar cuando no vemos resultados inmediatos.

Que cumplamos nuestros sueños o no, como que florezca el bambú o no, depende de nuestro riego y abono.

Si no estás consiguiendo lo que anhelas, no abandones, quizá sólo estés echando raíces.